EL BURRO DESNUDO.
Imagínense una feria- dijo el
profesor- una de esas pequeñas ferias que visitan los pueblos pequeños en
diciembre. Piensen ahora en los asnos que suelen llevar en exhibición los feriantes. Todos ellos van cubiertos de
guirnaldas, adornos que brillan con el sol, incluso con el tenue sol del
invierno de estas tierras, consiguen brillos espectaculares, o, al menos, muy
llamativos. Sus colores, los colores de estos ropajes, quiero decir, imitan al
oro y a la plata, parecen asnos ricos, asnos alegres. Algunos hasta llevan
sombreros, graciosos sombreros que entre sus orejas de burro incluso podría
parecer algo semejante a nuestra elegancia y señorío, y que no quedarían mal en
cabezas más respetables.
–Aquí se escapó alguna risita de
uno de los alumnos del fondo del aula-.
Bien, intenten visualizar ahora a
un burro desnudo entre tanto lujo, un único burro tal como su madre, de la
misma condición y raza que él, le trajo a este mundo.
Yo les aseguro que el público
señalará a ese asno sorprendido. Empezarán a preguntarse entre ellos qué le
ocurre a ese animal, si es que está enfermo y dispuesto para sacrificarse, y
por qué no se separa a este apestado del resto de la manada… Verán que es el
extraño, así lo nombrarán, y sin embargo, queridos alumnos, entre todos los
burros, el burro desnudo, es el único natural.
