jueves, 21 de febrero de 2013



EL BURRO DESNUDO.

Imagínense una feria- dijo el profesor- una de esas pequeñas ferias que visitan los pueblos pequeños en diciembre. Piensen ahora en los asnos que suelen llevar en exhibición  los feriantes. Todos ellos van cubiertos de guirnaldas, adornos que brillan con el sol, incluso con el tenue sol del invierno de estas tierras, consiguen brillos espectaculares, o, al menos, muy llamativos. Sus colores, los colores de estos ropajes, quiero decir, imitan al oro y a la plata, parecen asnos ricos, asnos alegres. Algunos hasta llevan sombreros, graciosos sombreros que entre sus orejas de burro incluso podría parecer algo semejante a nuestra elegancia y señorío, y que no quedarían mal en cabezas más respetables.
–Aquí se escapó alguna risita de uno de los alumnos del fondo del aula-.
Bien, intenten visualizar ahora a un burro desnudo entre tanto lujo, un único burro tal como su madre, de la misma condición y raza que él, le trajo a este mundo.
Yo les aseguro que el público señalará a ese asno sorprendido. Empezarán a preguntarse entre ellos qué le ocurre a ese animal, si es que está enfermo y dispuesto para sacrificarse, y por qué no se separa a este apestado del resto de la manada… Verán que es el extraño, así lo nombrarán, y sin embargo, queridos alumnos, entre todos los burros, el burro desnudo, es el único natural.  

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